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De acuerdo con William Mitchell, Director de la Escuela de Arquitectura del Tecnológico de Massachussets, así como las ciudades sufrieron dramáticas transformaciones en el siglo XIX a merced de la revolución industrial, las ciudades del siglo XXI observarán una evolución similar, esta vez no a manos de engranes y poleas, sino de los bits.
"Déjame contarte una historia", ha referido a los micrófonos de El Informador. "Hace miles de años las comunidades crecían alrededor de un pozo en el centro del pueblo, el cual era un bien común: todo el mundo necesitaba ir por agua. De modo que el pozo se convirtió por un tiempo en el corazón social de la ciudad; era un lugar donde la gente iba a arreglar negocios, a chismear, enterarse de las noticias y charlar con los amigos. Cuando la gente tuvo la posibilidad de colocar agua corriente en sus casas, el pozo quedó obsoleto. Las ventajas de la nueva tecnología eran obvias: resultaba más cómoda, había menos enfermedades, etcétera. Pero la comunidad tuvo que evolucionar hacia un nuevo núcleo de convivencia social".
Historias como ésta, son capturadas en un interesante libro escrito por Mitchell, llamado e-Topía. Para su autor la ciudad del futuro será fundamentalmente descentralizada, debido a que la tecnología hará innecesario viajar grandes distancias.
Afirma que la arquitectura y el diseño urbano debe comenzar a avizorar en su haber tanto espacios virtuales como físicos, junto con nuevas formas de interconexión mediante las telecomunicaciones, de tal suerte que las nuevas ciudades no sólo sean sustentables, sino racionales en las esferas económicas, social y cultural de un mundo electrónico. Algunas de sus propuestas incluyen:
- Apartados urbanos para trabajo y vivienda.
- Barrios peatonales abiertos las 24 horas cuya pauta sobresaliente serían las interacciones sociales.
- Una vigorosa vida comunitaria.
- Lugares de reunión altamente equipados informática y electrónicamente.
- Producción, mercadeo y distribución descentralizados.
"Antes teníamos que ir al trabajo, ir a casa, al cine, de compras, etcétera", afirma Mitchell retomando su ejemplo del pozo. "Ahora las tuberías son de bits, y a través de ellos hacemos muchas de esas otras cosas: podemos comprar en línea, ver películas en Internet, charlar con los amigos, e incluso trabajar. De modo que los antiguos sitios de reunión ya no nos atraen. Nuestra organización se está dispersando".
Al hacer notar el cómo, su idea recuerda a la moderna Los Ángeles, sorprendentemente Mitchell no encuentra la comparación denigrante:
"Podría ser bastante como Los Ángeles. Es un una ciudad que realmente me gusta mucho. Viví bastante tiempo en ella".
Tomando en cuenta la vibrante ciudad de Boston, literalmente a un puente de distancia del MIT, uno quisiera saber qué es lo que piensa Mitchell sobre la clase de vida urbana que Boston ofrece. "Boston es una ciudad bastante chapada a la antigua. Es bastante tradicional", responde.
Ante la perspectiva del comercio en línea y las cadenas con locales clonados, la pregunta que queda es, ¿quién podrá sobrevivir en semejante futuro?
"Creo que los negocios exitosos serán los que ofrezcan algo muy exclusivo, algo muy particular. Déjame ponerte un ejemplo. Yo soy de Australia. Conozco una pequeña tienda en una diminuta población que se siente tremendamente a la antigua. Es una tienda que ofrece libros raros que posiblemente no encontrarás en ningún otro sitio. Si buscas algo en particular y el tendero no lo encuentra, va a la computadora y por Internet contacta a Amazon, y lo manda pedir por ti. De modo que hay maneras de hacer convivir lo uno con otro. Es algo que debe saber hacerse".
Resulta difícil resistirse al entusiasmo de Mitchell a la promesa de la nueva ciudad de los bits, a pesar de la amenaza de observar una sociedad aún más alienizada. Pero afortunadamente los bits no poseen conciencia propia, cuando menos no todavía, es nuestra responsabilidad el conocer y discutir las promesas y peligros de un mundo informático y globalizado de tal modo que los bits sirvan a la humanidad en lugar de que sea a la inversa.
El informador.
7 de julio de 2003.
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